Por Jorge Zea,
Coordinador de la Iniciativa Multilingüe Davinci 2030
En los pasillos de nuestro Colegio, el aire no solo vibra con risas y el timbre de las clases; vibra también con una colisión invisible de mundos. Cada vez que un estudiante cambia del español al italiano, o se aventura entre el inglés, el francés y el alemán, no está simplemente intercambiando etiquetas para las mismas cosas. Está, en realidad, cambiando de sistema operativo mental.
En este Día del Idioma, vale la pena detenernos a observar cómo un simple verbo puede revelar si vemos el mundo como un patio de juegos, una transacción bancaria o una obra de ingeniería. Porque, aunque la lingüística aplicada intente mantener la compostura académica, lo cierto es que los idiomas son, en el fondo, una forma gloriosamente caótica de interpretar la realidad.
¿Música, juego, tacto o intención?
Empecemos por las artes. Imaginemos a un estudiante frente al piano en el auditorio. Dependiendo del idioma que domine su pensamiento en ese instante, su relación con el instrumento cambia radicalmente.
En español, nosotros simplemente “tocamos” el piano. Somos gente táctil, directa. Hay una honestidad casi física en el verbo: hay una tecla, hay un dedo, y el contacto produce el milagro. No andamos con rodeos; el español establece una relación de proximidad inmediata. Es, si se quiere, una visión pragmática del arte. Tal vez, como colombianos, hemos naturalizado incluso la mímica de tocar instrumentos o el impulso espontáneo de lanzarnos a la percusión sin demasiadas ceremonias.
Sin embargo, cuando viajamos al inglés, el panorama se vuelve lúdico: “to play the piano”. Para el angloparlante, la música es, esencialmente, un juego. No hay una distinción verbal entre patear un balón de fútbol, reproducir una película o interpretar a Beethoven. Todo cabe en el amplio universo del play. Es una visión envidiable: la música no es un trabajo, sino un disfrute, una actividad recreativa donde, curiosamente, no se ganan puntos ni hay niveles extra, pero se “juega” con absoluta seriedad.
Pero si nos trasladamos a la elegancia del italiano, la cosa se vuelve más exigente: “suonare il pianoforte”. Aquí el verbo es causativo: “hacer sonar”. Implica una responsabilidad ontológica. El piano, por sí solo, es un objeto silencioso; es el ser humano quien, con intención y técnica, invoca el sonido. Hacer sonar algo exige hacerse cargo del resultado.
Así, tres idiomas nos ofrecen tres maneras de entender el arte: como contacto, como juego o como acto de creación deliberada. Y quizás nuestros estudiantes, sin darse cuenta, no solo aprenden música, sino también distintas filosofías de lo que significa hacer arte.
La economía de la mente: ¿poner, prestar o pagar?
Si la música nos revela distintas formas de relacionarnos con el mundo físico, la manera en que gestionamos nuestra concentración nos retrata como sociedades. Pasemos de la sala de música al salón de clase y observemos qué ocurre cuando el profesor pide atención.
En español, tenemos una curiosa dualidad. Por un lado, podemos “poner atención”. Es casi un acto de decoración: tomamos nuestra atención y la depositamos sobre el profesor, como quien coloca un jarrón sobre una mesa. Es algo estático, externo. Pero también podemos “prestar atención”. Aquí la lengua nos delata como generosos pero cautelosos: te doy mi atención, pero bajo la condición tácita de que me la devuelvas. Es un préstamo temporal; si la clase pierde interés, el alumno recupera su capital cognitivo y lo invierte en otro lugar.
El inglés, fiel a su herencia pragmática, propone un enfoque más contundente: “pay attention”. En el mundo anglosajón, la atención no se regala ni se presta: se paga. La concentración es una moneda escasa y valiosa. Escuchar implica un costo, un gasto de recursos mentales que exige una retribución en forma de contenido significativo. Después de una conferencia particularmente larga, casi dan ganas de pedir factura.
El italiano, por su parte, ofrece una alternativa constructiva: “fare attenzione”. No se pone, no se presta, no se paga: se hace. La atención es una obra en proceso, una acción deliberada que requiere voluntad sostenida. No depende únicamente del estímulo externo ni de su valor percibido, sino del compromiso activo de quien escucha. En esta visión, concentrarse no es reaccionar ni transar, sino construir.
Tres lenguas, entonces, nos enseñan que la atención puede ser un objeto, un préstamo, un gasto o una creación. Y en esa variedad, nuestros estudiantes no solo aprenden a concentrarse, sino a decidir qué significa, en realidad, hacerlo.
¿Hablamos como pensamos o pensamos como hablamos?
Esta pregunta ha inquietado a lingüistas, psicólogos y filósofos durante décadas. No es fácil responderla con certeza, pero sí podemos observar sus efectos en la vida cotidiana.
Si tu idioma te obliga a decir que estás “pagando” atención, quizás, de manera sutil, aprendas a valorar tu atención como un recurso transaccional. Si tu lengua te invita a “jugar” un instrumento musical, es probable que tu relación con el error sea más flexible que si sientes la responsabilidad de “hacerlo sonar”.
En un colegio como el nuestro, ser multilingüe no consiste solo en ampliar el vocabulario; implica expandir la forma de pensar. Un estudiante que navega entre el español, el italiano y el inglés puede elegir, según el momento, si quiere ser un artesano del sonido, un jugador de melodías o un ejecutante preciso. Puede decidir si presta su atención con cortesía, la invierte con criterio o la construye con disciplina.
El mundo es un políglota
Celebrar el Día del Idioma es reconocer que la realidad no es única, sino una suma de interpretaciones. Cada lengua que aprendemos es una habitación nueva que añadimos a nuestra casa mental.
Al final del día, no importa si estamos poniendo, haciendo o pagando atención; lo verdaderamente extraordinario es que, a pesar de estas diferencias, logramos entendernos. El lenguaje es el puente que construimos para que, mientras uno “juega” y otro “hace sonar”, la música siga siendo compartida.
Porque, en definitiva, aprender un idioma es descubrir que el mundo no solo se observa… sino que también se conjuga de infinitas maneras.